Fotografía de Joshuan Barboza
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El examen no empieza cuando se reparte la hoja de respuestas. Empieza aquí, bajo el sol del mediodía, frente a la Puerta 1.

La multitud respira como un solo cuerpo. Espaldas tensas, manos sudorosas, papeles doblados que ahora sirven de sombra improvisada. Los cuadernillos que anoche fueron objeto de estudio se convierten en techos frágiles contra la luz inclemente. Nadie quiere admitirlo, pero todos saben que este momento pesa más que cualquier pregunta de física o de biología.

Las esculturas que coronan la entrada observan en silencio. Figuras inmóviles, heroicas, esculpidas para celebrar el saber. Abajo, la escena es otra: madres que aprietan carteles hechos a mano, padres que fingen calma, jóvenes que miran al suelo para no delatar el temblor interno. La historia académica está tallada en piedra; la historia personal se escribe en carne.
Un vendedor sostiene “bancos de preguntas” como si ofreciera amuletos. El conocimiento se vende en fascículos, en promesas impresas, en la ilusión de que todo puede preverse. Pero nadie puede anticipar lo que ocurre en el interior de quien espera. El verdadero banco de preguntas está en la mente: ¿será suficiente?, ¿alcanzará el puntaje?, ¿valió la pena el sacrificio?

Entre la multitud, un abrazo irrumpe como un paréntesis. Dos jóvenes se aprietan con fuerza, con esa mezcla de alivio y miedo que no necesita palabras. En otro rincón, una chica sostiene un folleto con una sonrisa breve, casi contenida. Más allá, otra baja la mirada y protege su rostro con papel, como si el sol revelara demasiado.

El asfalto guarda restos de volantes pisoteados. Papeles que minutos antes prometían éxito ahora yacen dispersos, arrastrados por el viento y los pasos nerviosos. La ciudad sigue su ritmo: autos que avanzan, un semáforo en verde, peatones que cruzan sin comprender del todo la magnitud de lo que ocurre en esa vereda.

Y entonces aparece el cartel hecho a mano: “Es el primer paso para una larga vida de éxitos… Tú puedes”. Letras irregulares, colores vivos, un corazón dibujado con torpeza amorosa. No es solo un mensaje; es un acto de fe. Detrás de cada postulante hay una familia que también rinde examen, que también espera un resultado que no depende de ellos.

Algunos miran la puerta como si fuera un umbral sagrado. Otros evitan mirarla, como si hacerlo demasiado pronto pudiera quebrar la concentración. La palabra “Universidad” flota sobre la escena, grande, institucional, solemne. Pero debajo de esa palabra se agolpan historias mínimas: madrugadas de estudio, renuncias silenciosas, sueños heredados.

Aquí no hay certezas, solo expectativa. El ingreso es limitado; la esperanza, no. Cada rostro contiene una posibilidad. Cada sombra proyectada sobre el suelo marca la tensión de un futuro en disputa.

Cuando finalmente crucen la puerta, el ruido quedará afuera. Pero este instante —la espera, el abrazo, el cartel levantado con orgullo— permanecerá como la verdadera imagen del examen. Porque antes de cualquier resultado, lo que se pone en juego es algo más profundo: la convicción de que el conocimiento puede cambiar el destino.

Y eso, bajo el sol ardiente de Trujillo, se siente con una intensidad que ninguna hoja de respuestas puede medir.

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