Fotografía de Henry Vera
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La imagen de Henry Vera, capturada en el cementerio de Pacasmayo, se construye como una escena de quietud suspendida entre lo cotidiano y lo simbólico. En el encuadre domina una estructura horizontal de nichos funerarios, repetitiva y casi rítmica, que funciona como archivo visual de vidas pasadas: nombres, fechas y pequeños gestos materiales se ordenan en una retícula que recuerda a un registro, a una memoria sistematizada del tránsito humano. Esta geometría, lejos de ser fría, establece un contrapunto con el cielo amplio y luminoso, un fondo abierto que introduce aire, distancia y una sensación de continuidad más allá del muro.
En la parte superior, dos gallinazos se posan sobre el borde del cementerio. Su presencia es clave para la narrativa: no irrumpen como un elemento anecdótico, sino como actores silenciosos de la escena. Se observan entre sí, inclinados, casi en diálogo, como si custodiaran —o comentaran— aquello que yace debajo. El gesto resulta sutilmente irónico y, a la vez, profundamente humano: la muerte, aquí, no es dramatizada, sino observada con una naturalidad casi doméstica. Los gallinazos, aves asociadas culturalmente a la descomposición, aparecen calmados, integrados al paisaje, recordándonos que el ciclo vital continúa sin estridencias.
El color juega un rol narrativo fundamental. Los tonos blancos y ocres del muro, desgastados por el tiempo y el salitre costero, dialogan con pequeños acentos de azul y naranja en algunos nichos, guiando la mirada del espectador y rompiendo la monotonía visual. Estos detalles cromáticos funcionan como marcas de individualidad dentro de la masa, pequeñas afirmaciones de identidad frente a la uniformidad del conjunto. El cielo, limpio y suave, equilibra la densidad simbólica del cementerio y evita que la imagen caiga en lo sombrío; al contrario, introduce una serenidad casi contemplativa.
Desde una lectura narrativa, la fotografía propone una escena detenida en el tiempo, donde la muerte no es un final abrupto sino un estado más del paisaje. Hay, incluso, un tono lúdico implícito: los gallinazos parecen espectadores curiosos, como si la vida —representada por ellos— se permitiera una pausa para observar su propio reflejo en la memoria de los muertos. Esta ambigüedad, entre respeto y ligereza, es lo que hace que la imagen resulte entretenida sin perder profundidad.
En conjunto, la fotografía de Henry Vera no busca impactar por el dramatismo, sino seducir desde la calma y la observación. Es una imagen que invita a mirar despacio, a descubrir la convivencia silenciosa entre lo que fue y lo que sigue siendo, y a aceptar que incluso en un cementerio puede haber diálogo, equilibrio y, sorprendentemente, una forma serena de vida que continúa.
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