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La fotografía se inscribe en una tradición documental que busca visibilizar los márgenes urbanos y las economías informales que sostienen la vida cotidiana en las grandes ciudades latinoamericanas. El Mercado de Frutas de La Parada, ubicado en el distrito de La Victoria, fue durante décadas uno de los principales nodos de abastecimiento de Lima y, al mismo tiempo, un espacio de extrema precariedad laboral, informalidad estructural y alta conflictividad social. La imagen captura ese escenario no como fondo, sino como condición histórica encarnada en el cuerpo de la mujer porteadora.

Ser una mujer porteadora en La Parada representa uno de los roles más sacrificados y simbólicos de la economía popular peruana. Aunque el término “porteador” suele asociarse al contexto turístico del Camino Inca, en los mercados mayoristas limeños designa a quienes realizan la estiba y el transporte manual de grandes volúmenes de mercadería, usualmente sin contratos, sin protección social y bajo condiciones físicas extremas. En este espacio, el cuerpo se convierte en herramienta de trabajo y, simultáneamente, en evidencia de la desigualdad estructural.
Desde una perspectiva antropológica, la mujer porteadora encarna múltiples capas de significado social. En primer lugar, representa la migración interna andina hacia la capital, un fenómeno intensificado desde mediados del siglo XX, impulsado por la desigualdad regional, la violencia política y la búsqueda de subsistencia. Muchas de estas mujeres trasladan no solo mercancías, sino también identidades culturales, lenguas, memorias rurales y formas de organización comunitaria que se reconfiguran en el entorno urbano hostil.
En segundo lugar, su presencia en un espacio tradicionalmente masculino revela una disputa silenciosa por el trabajo y la supervivencia. La estiba ha sido históricamente asociada a la fuerza física masculina; sin embargo, estas mujeres han construido un lugar propio en un sistema laboral informal, rudo y altamente competitivo, donde el reconocimiento social es mínimo y la violencia —simbólica y material— es frecuente. Su trabajo desafía los límites de género impuestos y evidencia cómo la pobreza redefine los roles sociales más allá de las normas culturales tradicionales.
La estética de la imagen, marcada por el movimiento, el desenfoque y la iluminación artificial nocturna, refuerza esta lectura. El uso del lente gran angular extremo no busca nitidez clínica, sino transmitir la sensación de agobio, urgencia y desbordamiento. El cuerpo de la mujer aparece casi absorbido por el entorno, como si su identidad se confundiera con el flujo continuo del mercado. Esta elección visual dialoga con la experiencia real de las porteadoras: jornadas extensas, ritmo incesante y una existencia social que oscila entre la visibilidad funcional —cuando se necesita su fuerza— y la invisibilidad social.
Históricamente, La Parada fue también un espacio de resistencia. A pesar de las intervenciones estatales, desalojos y procesos de reordenamiento urbano, las mujeres porteadoras han sostenido redes informales de trabajo, solidaridad y supervivencia. La fotografía, por tanto, no solo documenta una ocupación, sino que testimonia una forma de vida marcada por la exclusión, pero también por la resiliencia.
En conjunto, la imagen trasciende el registro documental para convertirse en un relato antropológico visual sobre género, migración y economía informal en el Perú urbano. La mujer porteadora no es presentada como una figura aislada, sino como un sujeto histórico cuya corporalidad expresa décadas de desigualdad estructural, adaptación cultural y lucha cotidiana por la subsistencia.
Camera: Canon 50D | Lens: Vivitar 8 mm | Photo: Ricardo Altamirano Duarte
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